Alavs Athletic Atltico Alavs Betis Celta Deportivo Eibar Espanyol Getafe Girona Las Palmas Legans Levante Mlaga Real Madrid Real Sociedad Sevilla FC Valencia Villarreal

Ser como todos

El Atlético de Madrid prepara la transición más difícil de su historia

Resultado de imagen de nuestro legado será eterno


Cinco de la tarde, sábado. Con la resaca del cocido, el cordero, o la fiesta del viernes, centenares de madrileños toman el metro y las calles. Es día de partido y aunque falten cuatro horas para el mismo, cada uno ha ocupado su puesto ya. Como una legión romana, como si ser del Atleti llevase implícito el deber de no disfrutar de tu equipo ni un segundo, de ir al campo, como dijo Petón, "a jugar el partido".

Nueve menos cuarto. Un pedazo gigante de tela invade el fondo sur, el segundo anfiteatro, apuntando al cielo. Vuelven los mosaicos pasionales, los que se preparan durante meses, alejados de las banderas patrocinadas por marcas de coches o las cartulinas de todos los equipos. "Nuestro legado será eterno", mientras un padre hecho de tinta sujeta a su pequeño de frente al estadio.

De música de fondo retumba el himno castizo del Atlético de Madrid. En la mente del aficionado es imposible no recordar el Estadio Azteca de Calamaro, quedarse duro mirando al gigante, a lo lejos, con el río a la izquierda y una esquina desnuda para que se vea la grada. Puede sonar pedante ese lema, presumido. Puede sonar a mirada por encima del hombre ese "nuestro legado será eterno" pero no os engañéis. A lo último que se refiere esa frase es al fútbol.

Cinco de la tarde, sábado, 1965. Con la resaca del cocido, el cordero, o a fiesta del viernes, centenares de atléticos toman las calles. No llevan la camiseta de su equipo sino el mono de trabajo, un cubo con cemento y una espátula. Son los socios, los voluntarios que, sin cobrar una peseta, van a levantar la que será su casa durante cincuenta años. La que unos señores a los que no queda más remedio y que no son voluntarios, sino trabajadores, van a ser ordenados derribar.

Durante cinco décadas el Calderón ha conocido dos categorías, títulos y derrotas trascendentales. Ha escuchado a los Rolling, a AC/DC y se ha tambaleado varias veces cuando 55.000 personas se han puesto de acuerdo de forma improvisada para vibrar con su equipo. Muchas de esas noches el Atlético no fue capaz ni de arañar un empate. "Nuestro legado será eterno", reza la pancarta. No va por el fútbol.

Uno de esos días fue el sábado. El partido tuvo poca historia. Tres tiros del Real Madrid, tres goles. El Atlético desaparecido, y aquí paz y después gloria. Pero el Cholo se fue hecho polvo, la afición se fue hecha polvo a casa y el encuentro pareció una final. La razón la encuentran en San Blas. Se está levantando un campo futurista. El techo cubre toda la tribuna y solamente se moja el jugador, las butacas son de cuero y parece un teatro. Es el siglo XXI hecho edificio, dicen los que saben, le van a poner el nombre de una empresa que va a dar mucho dinero y el Atleti se va a codear con los más grandes, económicamente y sobre el césped.

Vendrán los mejores jugadores, se acabó el jugar encerrado, sudando y entrando fuerte a la pelota. Seremos elegantes, nos dicen. Seremos espectaculares, nos cuentan. Seremos como todos. Vosotros, -nosotros-, simplemente tendréis que sentaros en las cómodas localidades a disfrutar del show. Se acabó el miedo escénico, ya no tenéis ningún partido que jugar. Seremos como todos.

El que conoce el Calderón ha visto a equipos salir desconcertados, aturdidos, ha visto remontadas que nadie podía imaginar, probablemente ni el jugador, ha visto cosas inexplicables. El que conoce al futbolista ha visto a grandes estrellas descuidando la pelota para mirar impresionados ese fondo sur, el colorido de la tribuna, la unanimidad de una hinchada que, como el portero o el delantero, está cumpliendo con un cometido durante noventa minutos.

"Dicen que hay, dicen que hay, un mundo de tentaciones". Cientos de jóvenes en carrera se agarran a ese para-avalanchas, que se venció en 2006 con un remate cruzado de Torres, que se llenó de papeles cuando tocó dar la bienvenida a la segunda división y no faltó nadie. Ninguno de los dos días se logró nada. "Nuestro legado será eterno", exclama la pancarta y, créanme, poco tiene que ver con el fútbol.

El Atlético de Madrid bajó a segunda después de remontar un 2-0 y fallar un penalti. Ha perdido tres finales de la que los que saben de esto dicen que es la competición más importante. De todas las enfermedades ha salido ileso, ha seguido movilizando a su gente. Muchas veces sin argumentos, muchas veces ha llenado sus asientos por el hecho de que había fútbol, sin más. Numerosas han sido las derrotas que el Atlético ha derrotado. En septiembre nos prometen que seremos como todos y esa derrota, sí, parece insuperable.


@Fernando1998_f


Con la tecnología de Blogger.