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Niños padre, adultos hijo

Las peleas en las categorías inferiores del fútbol, cada vez más habituales


Un jugador cae tendido al campo tras recibir una falta y el árbitro le ordena que se levante. Los compañeros de éste entran en cólera y protestan que el rival no haya sido amonestado, pero el asunto no deriva en problemas mayores, los futbolistas aceptan el término de la jugada con deportividad. En cambio, en las gradas, un aficionado grita e increpa al pupilo que ha cometido la acción, a lo que los forofos del otro equipo responden con más agravios. Sube la temperatura, el ambiente se calienta contrastando con el frió invernal y los seguidores de ambos conjuntos se enzarzan en una cruenta pelea. Puñetazos, patadas, cabezazos, de todo un poco. Los jugadores intentan separarlos, tratan de ayudar a que los seguidores recuperen el norte.

La escena descrita, no se trata de un partido de fútbol profesional, sino de una competición cadete. Los aficionados violentos, no son hinchas de un combinado de la Liga, sino padres fuera de sus cabales, que utilizan el fútbol como su antiestres particular. Los futbolistas que separan a los forofos son niños de 15 años. 

Este episodio no me lo he inventado, mi imaginación no da para tanto, este suceso esta ideado en base a unos acontecimientos desgraciadamente muy habituales en las categorías inferiores de nuestro fútbol. Pequeños, que impotentes contemplan como sus padres actúan como si fueran niños, ven en un deporte un motivo por el que pelearse, una razón con la que poder demostrar lo fuertes que son, como si estuvieran en el instituto demuestran su vigor a puñetazo limpio en lugar de utilizar el poder de la palabra.     

Situaciones como esta, hacen veraz la teoría evolucionista de Darwin. Los hombres parecen volver a lo que eran antes, monos que se pelean sin ningún motivo aparente, animales que por un mero traspié se ponen en pata de guerra para recuperar su lugar, marcar su territorio. Los padres, hombres hipotéticamente maduros y responsables se convierten en niños, y los hijos aparentemente inmaduros e irresponsables se transforman en padres para hacer que sus progenitores recuperen el juicio.  

Porque, el fútbol en algunas ocasiones hace que perdamos, no la bola, ni el partido, sino los estribos. Si este deporte se vive de forma muy alocada e intensa puede ocasionar que al ver un partido no nos reconozcamos ni nosotros mismos. El hombre paciente muta a ansioso, el pacifico se convierte en violento.  Esta es la cara B del fútbol, la parte de este deporte que nadie quiere sufrir, todos queremos ver goles, pero nadie desea presenciar una pelea como si fuera un combate de boxeo en vez de un partido de balonpié.


@Jbrugos8


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